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Fuente: Lne En la cresta del Everest, en las proximidades de la cumbre más famosa y alta del mundo, se encuentran desperdigados entre la nieve 41 cadáveres. Son el carísimo peaje que la montaña se cobra entre los deportistas que desafían a las alturas. Una costosa factura que también pasa, con más frecuencia de lo deseado, el macizo de Las Ubiñas, la mayor estribación del centro de la Cordillera. El reciente fallecimiento del montañero mierense Avelino Pérez eleva hasta 19 el número de personas que, desde principios de la década de los ochenta, han perdido la vida en esta majestuosa y traicionera elevación. El mayor peligro se concentra en invierno, cuando el hielo llena el camino de minas, pero como acaba de quedar reflejado, estas torres calizas reclaman precaución todo el año.
Repentinos cambios de temperatura, niebla, frío, calor y nieve. Los expertos no se cansan de advertir sobre los peligros que esconden estas montañas, muy bien comunicadas, algo que permite a los escaladores enfrentarse a grandes paredes que superan los 2.400 metros de altitud en apenas una hora de caminada. No obstante, Las Ubiñas habían ofrecido una tregua y desde hacía cuatro años el más reciente balance de accidentes mortales se había detenido en 18. El pasado miércoles la fatalidad volvió a cebarse con el macizo. Avelino Pérez, de 64 años, sufrió un fatal resbalón cuando descendía del Pico El Siete, cerca de Los Castillines. Iba sólo, algo que desaconsejan incesantemente los equipos de rescate. Tuvo tiempo para pedir auxilio por el móvil a su mujer, pero cuando llegó la ayuda era ya tarde.
Los fallecimientos en Las Ubiñas seguramente serían muchos más sin el amparo que ofrecen los grupos de rescate de la Guardia Civil y de Bomberos de Asturias, auténticos ángeles custodios de estos parajes. Los expertos sostienen que muchos aficionados no son plenamente conscientes de las numerosas trampas que esconde este conjunto de montañas. El responsable del grupo de montaña de la Guardia Civil de Mieres, José Luis Llamazares, autor de varios libros sobre montañismo y con más de 30 años de experiencia en labores de salvamento, sostiene que muchos accidentes se producen por simples despistes , aunque también opina que bastantes montañeros acuden a estas cumbres sin los equipos necesarios: «La nieve es siempre traicionera, aunque en verano también hay que ser cauteloso». Si bien los últimos inviernos han sido relativamente tranquilos en Las Ubiñas, la historia de este macizo está salpicada por frecuentes tragedias. La última, hasta el pasado miércoles, ocurrió hace cuatro años. En enero de 2004 fallecieron en esta estribación tres montañeros en menos de 24 horas. Un joven deportista lenense falleció cuando descendía de Peña Ubiña, la joya de la corona de esta gran elevación caliza. Sin tiempo para digerir el drama, otros dos montañeros, maestros de profesión, perdieron la vida al caer desde 50 metros en el Pico Fariñento, a pocos metros de Peña Ubiña. La Guardia Civil pide a los montañeros que acuden a Las Ubiñas máxima precaución. La Federación de Montaña advierte de que las épocas más peligrosas son el inicio del invierno y la primavera.
El macizo de Las Ubiñas se alza vigoroso en el mismo límite entre Asturias y León. Desde la descomunal Peña que corona esta gran estribación, disfruta de un paisaje sobrecogedor por su amplitud de horizontes y belleza. En verano, la vista alcanza el pantano de Barrios de Luna, las cimas hermanas de Picos de Europa y, si el día es lo suficientemente claro, dicen los montañeros que se puede ver el azul del mar Cantábrico. En invierno la nieve hace brillar aún más la espectacular panorámica, pero también descubre la cara más cruel e inhumana del macizo.
Montañeros como Ángel Fernández Ortega, directivo de la Federación de Montaña, considera que uno de los problemas de Las Ubiñas son sus buenas comunicaciones: «Al contar con buenos accesos muchos no perciben el peligro de la alta montaña », apunta. La proximidad con el mar contribuye con una meteorología rápidamente alterable, provocando frecuentes y peligrosas emboscadas. No hace falta ser un montañero avezado, ni un caminante mediocre, para saber que en la montaña no hay señalizaciones ni puestos de socorro; una vez arriba no existen leyes, cada deportista pone sus propios límites. Muchos profesionales insisten en la necesidad de crear un marco legal que fije lo que podría definirse como unas reglas de obligado cumplimiento. José Luis Llamazares tiene claro que esta medida salvaría vidas y que facilitaría la labor de los grupos de rescate. «Ahora no puedes obligar a nadie a darse la vuelta, no hay una ley que diga que, en unas condiciones puntuales, la montaña está cerrada o por esta vía no se puede subir», señala el responsable de la unidad de salvamento de Mieres. Tanto la Guardia Civil como la Federación Asturiana de Montaña comparten la opinión de que el montañero debe estar federado.
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