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La vida en la calle, por azar Imprimir Correo electrónico

Fuente: Lne

 «Estoy aquí por azar, estoy aquí por azar...». Argentina Fernández repite esta frase cíclicamente en cada una de sus conversaciones, pero hace mucho tiempo que la fortuna dejó de lado a esta gijonesa de 77 años. Hace casi un mes que vive junto a su hijo José Carlos Santoreva, de 47 años y que sufre una minusvalía psíquica, en un banco de la calle Magnus Blikstad. Su otro vástago les echó de casa para venderla y comprarse una en Barcelona.


Ahora, los viandantes que pasean por la calle gijonesa narrando sus cálidas historias veraniegas, pasan de largo mientras ellos padecen, inadvertidos, su invierno particular. «Me da apuro que me miren, que me señalen, y no quiero mendigar ni pedir. Una señora me trajo un cartón con una frase escrita y una cesta para que me diesen dinero. Me tuve que tapar con una gorra de la vergüenza. Yo estoy aquí por azar...», explica. Pese a lo que pueda parecer, Fernández luce una tímida sonrisa en la cara. Se enfrenta a su infortunio con los arrestos de una madre coraje. Dos pequeños perros, «Mimoso» y «Linda», les acompañan allá donde van. El problema es que los dos canes son también el motivo de que los albergues y los asistentes sociales no puedan hacerse cargo de su situación, ya que no están dispuestos a abandonar a sus adoradas mascotas. «Cómo los vamos a dejar de lado si se han portado mejor con nosotros que nuestra propia familia. Hasta algunos vecinos de la zona nos han tratado mejor que nuestra propia familia. Yo estoy aquí por azar...».

Fernández no tiene la apariencia de una mujer mayor que vive en la calle. De no ser por los pantalones de chándal que lleva puestos, sus ojos verdes podrían hacerla pasar por una vieja actriz de Hollywood en el crepúsculo de su carrera. Además, conserva un aire coqueto que no trata de ocultar pese a su angustiosa situación. «A mi me gusta ir limpia, ponerme mi ropa, mis faldas, mi vestido blanco. Yo estoy aquí por azar...».

Además del citado pantalón, Fernández calza unas zapatillas blancas de velcro, de esas que las madres compran a sus hijos cuando aún no saben abrocharse los cordones. Para protegerse del frío utiliza una chaqueta roja con dibujos de calaveras negras que algún vecino le ha cedido amablemente. De hecho son los ciudadanos de la zona los que ayudan a esta familia desamparada a sobrevivir. En una bolsa guardan un termo metálico que por las mañanas una vecina rellena con Cola-Cao. «A veces me traen bocadillos de tortilla de patata sabrosísimos, empanadas y más cosas. Pero yo lo que quiero es un techo, aunque sea una cuadra. Yo estoy aquí por azar...».

Entre Fernández y su hijo logran sumar 541 euros al mes. Desde el pasado cinco de julio esperan a que el Ayuntamiento les asigne una vivienda protegida. Hasta entonces tendrán que seguir encomendándose a la suerte. Quizás de esta forma su historia termine tal y como lo hacían las navideñas películas de Frank Capra, con final feliz y una familia reunida bajo el techo de un hogar.

 

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