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| San Antón |
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Fuente: Lne San Antón, apócope con que los lugareños revelan la familiaridad que les merece San Antonio Abad, celebrado el 17 de enero, es el primero de los santos gastrónomos asturianos, según el calendario, aunque según la marcha de la estaciones y el ritmo de las matanzas, el primero es San Martín y el tercero San Blas, y los tres están en relación en Asturias con la matanza del cerdo, ese admirable «cristiano viejo» cuya ingestión era aval suficiente para desvanecer sospechas de judaísmo y morería. Otro caso más complicado era el de los secuaces de la protesta, que, por ser también cristianos, aunque desviados, no despreciaban el cerdo. Las matanzas comienzan por San Martín, alcanzan su apogeo por San Antón y los cerdos que pasan San Blas sin haber sido convertidos en chorizos pueden considerarse de suerte.San Antón, en la iconografía, figura como santo de tendencia zoológica; siempre se le representa con acompañamiento de animales domésticos. En cambio, Flaubert, que le describe con «larga barba, largos cabellos y una túnica de piel de cabra», le presenta acosado por otras bestias más tremendas y amenazadoras, aunque, por fortuna, de condición fantástica. A San Antón le ponen los imagineros con el gochín al lado, lo mismo que a San Roque le tallan con el can, lo que convierte a ambos santos y a otros muchos, aunque menos populares, en presas fáciles de la cursilería clerical, de la que la principal víctima es Santiago, a quien hace años los clérigos escrupulosos, que «no querían animales en la iglesia», pretendían quitarle el caballo, y ahora los clérigos «políticamente correctos» parecen decididos a quitarle el moro, de manera que, a este paso, Santiago va a quedar reducido a nada. Peligro que no corre San Antón, porque José Manuel Valle, el cura de La Foz de Morcín, es hombre sensato, y en La Foz se celebra San Antón como en ninguna parte, pese a que se celebra en muchas. El aroma de San Antón es rústico y sustancioso. No obstante, San Antonio Abad fue un gran anacoreta que pasó la mayor parte de su vida en el desierto, comiendo langostas y combatiendo las tentaciones del demonio. Tentaciones terroríficas si miramos el cuadro de Grunewald o leemos el admirable y barroco texto de Flaubert. Según piadosos compiladores y hagiógrafos imaginativos, el futuro San Antonio Abad nació en Coma, cerca de Heraclea, en el Alto Egipto, el año 251, y pasó la mayor parte de su vida haciendo penitencia en la Tebaida. Venció al demonio, pero no a su orgullo, y cuando, cumplidos los noventa años, estaba convencido de que había alcanzado la perfección inigualable de la vida solitaria, Dios le mostró a San Pablo el Ermitaño para que bajara los humos. La imaginación campesina del ámbito rural en que se celebra ha cambiado la representación atormentada de un anacoreta por el aspecto feliz de un párroco que bendice las ofrendas animales que los pastores le llevan a la puerta de la iglesia. San Antón sale a bendecir con las ropas e instrumentos de un abad en ejercicio, y luego le sacan en andas mientras suena la gaita y los cohetes hacen también estruendo, no menos molesto. Lo peor del caso es que en cualquier fiesta la manía de tirar cohetes degenera en pleno frenesí de pólvora, y a las figuras entrañables del gaitero y el tamborilero las han sustituido por auténticos regimientos de funcionarios que tocan la gaita. Calculo que con tales multitudes, gaita en ristre, se pretende demostrar que se es más celta, esto es, más nacionalista, más ancestral y, por lo tanto, más «progre», por lo que calculo que los partidarios de lo «propio», de «lo de nos», se decepcionarán muchísimo si les recordamos que el primero en incorporar multitudes de gaiteros al folclore fue Fraga: así como suena. San Antón es fiesta de invierno, vigorosa y suculenta, de sólidos manjares, un poco en contraste, y tal vez para distinguir uno de otro, con otro santo igualmente muy popular, San Antonio de Padua, que presenta un aspecto primaveral y floral. San Antonio, ya se sabe, era casamentero, y San Antón un poco granjero, al ser el patrono oficioso de los animales domésticos. Dante, en el canto XXIX del «Paraíso», se refiere a «il porco sant'Antonio», al puerco que va con San Antonio, y en Caleao celebran a San Antón, «El Llaconeru», con menú de lacón, androcha, cuajada y queso casín, no inferior al de La Foz de Morcín, con pote de nabos, callos, casadielles y queso de afuega'l pitu. Los quesos también son imprescindibles en la celebración de este santo esencialmente cérnico, el que se dice: «Por San Antón, las Carnestolendas son». Ahora bien, asimismo se dice: «Por San Antón, la gallina pon», porque la rima en -on da posibilidades infinitas. San Antón es la gran fiesta de La Foz de Morcín, la de los nabos y el queso, la que se celebra cada 17 de enero. Fiesta modesta y distinta de la de carácter político y mundano. Este San Antón ni siquiera se celebra en La Foz. El de La Foz ahora es más íntimo, bajo el gran ruedo de montañas que se abaten sobre el exiguo valle. Sale San Antón en procesión, estallan cohetes, suena la gaita y después se come el pote de nabos en La Moncloa, conforme a la norma tradicional. Seguramente el mejor pote del mundo.
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