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Fuente:La Nueva España

Una vez enterrada una millonada de fondos públicos en la estación de Fuentes de Invierno, deja de nevar. La decidida apuesta del Principado por el esquí y el turismo invernal como fórmula de activación de valores inutilizados hasta el presente ha coincidido con el calentamiento global. Vaya por Dios. Lo nuestro sí que es mala suerte. Mira que tardamos en decidirnos, que nos cuidamos mucho de no anticiparnos, que pensamos y discutimos una y mil veces cada iniciativa, que preferimos que la tozuda realidad nos atropelle en vez de variar el rumbo en previsión de lo que va a pasar inexorablemente, y cuando por fin tomamos la decisión siempre ocurre algo que lo echa todo al traste. 

Cuando Europa comenzaba a abandonar la extracción de carbón aquí dijimos que no se cerraba ni un pozo. Ahora, cuando se habla de la conveniencia de recuperar el carbón como fuente de energía, clausuramos las explotaciones. Desde que se planteó la necesidad de que Asturias apostara por las nuevas tecnologías hasta que finalmente nos pusimos a ello, estas tecnologías se quedaron anticuadísimas. Un día alguien tuvo una visión: el futuro es el turismo rural. Correcto, pero con veinte años de retraso respecto a otras comunidades. Ahora nos lo estamos jugando casi todo a la carta del gas natural: ¡Qué miedo! Cuando el mundo desarrollado se está volcando en la investigación de formas limpias de producción de energía, el hidrógeno, el sol, el viento, cuando incluso vuelve a sonar con fuerza la energía nuclear, los asturianos vamos a depender de países productores de gas -porque nosotros no generamos más allá del resultante de la ingesta de fabes- tan sólidos y estables como Argelia.

Y nada hicimos cuando observamos admirados el impresionante negocio que las comunidades pirenaicas estaban haciendo con la nieve. Decididamente, este Principado está sometido a la nefasta influencia de algún gafe. Y si se fijan, en casi todas las decisiones importantes que se han tomado aquí -mayoritariamente erróneas- han participado las mismas personas. Si fuéramos capaces de determinar quién es el gafe y pagarle una jubilación anticipada en las antípodas, otro gallo nos cantaría.
 

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