Y entonces qué Imprimir Correo electrónico

En otros tiempos la gente era más guerrera (puesto que había más guerra y duraban muchos años) y la carrera militar era de las más apreciadas.

Era usual, que al volver los militares a sus tierras, después de las batallas, fueran de manera gratuíta, parando por los pueblos, contando sus hazañas a cambio de alojamiento y comida.

Pedro y Juan eran dos soldados que regresaban de la guerra. Venían de África y como no tenían prisa en volver a casa, pensaron que podían pasarse una temporada vagando de pueblo en pueblo, probando los mejores vinos y alimentos y pernoctando en las posadas por la cara.

Pero llegando ya al pueblo más cercano a sus casas, decidieron que querían prolongar un poquito sus juergas, así que se acercaron al alcalde del pueblo  y le contaron unas mentiras para impresionarle, todo para conseguir sus propositos:

- Soldados como nosotros, que hemos sufrido tanto por la patria con esos moros traidores ( y empezaron a contar mil batallas inventadas), ya nos dirá, señor alcalde, donde vamos a cenar y a dormir esta noche.

El alcalde, se encontró en un dilema, puesto que en su casa no tenía ningún hueco que hacerles y si les mandaba  a algún establo, parecía poco digno para tales soldados. Pero se le ocurrió que podía mandarlos a casa del Vizcaíno, un contable de muy malas pulgas, que había muerto recientemente 

 El caso es que desde que Vizcaíno había muerto se comentaba en el pueblo que se oían ruidos extraños y se veían velas encendidas. La gente del pueblo evitaba pasar por la casa y si no les era posible, pasaban rapidamente santiguándose y encomendandose a los santos.

Así que el alcalde pensó en matar dos pájaros de un tiro  les comentó a los valientes soldados que ya que el pueblo no era muy grande, el único cobijo que podía darles era la casa de Vizcaíno pero que estaba embrujada y como nadie se atrevía a entrar en ella decidieron dar una recompensa de cien doblones a quien acabara con el embrujo.

Juan empezaró a contar sus hazañas con las casas embrujadas en Tanger ( otro embuste más), pero a Pedro eso de pasar allí la noche no le hacía mucha gracia. Entre la cabezonería del alcalde  y la valentía de Juan, no les quedó mas remedio que aceptar la invitación.

LLegaron a la casa, entraron y la inspeccionaron de arriba abajo.Solo  había polvo y desorden. Buscaron el dormitorio, vieron dos camas y unas mantas y allí se echaron .

Al cabo de un rato, comenzaron a oir crujidos, cadenas y lamentos. Pedro estaba muerto de miedo mientras Juan seguía en su cama tranquilamente.

- No quiero lios esta noche! Haya paz!

Pero los ruidos se hicieron más intensos y al poco, apareció por la puerta un vejete, pálido, demacrado y les dijo:

- Durmiendo ¿no?

- En ello estamos -dijo Juan- pero hace usted mucho ruido

Vizcaíno (que era la aparición), le comentó que él había vivido allí hasta su muerte, y que debido a una onza de oro que llevaba en el traje con el que le enterraron, los demonios, no pueden con su cuerpo y le obligan a morar en su casa hasta que alguien se lo quite. 

Mandó a Juan que si le quitaba el traje por el lado izquierdo que es donde estaba la onza, los demonios se lo llevarían y así dejaría de hacer ruidos en la casa y desaparecería.

Le desabrochó los botones de la chaqueta y al quitarle la primera manga, efectivamente, allí apareció la onza de oro. Y el viejo pudo así marchar.

Se echó de nuevo a dormir, guardando la onza a buen recaudo y a la mañana siguiente, fue a buscar a su compañero Pedro, que con el miedo se había ido a dormir a una cuadra cercana y juntos se fueron a ver al alcalde.

Le contaron la historia, acabando con un "entonces que" lleno de guasa que el alcalde no pareció apreciar) y el alcalde muy contento les dió la recompensa prometida, no sin antes tomarles nota de su dirección por si los ruidos volvían a producirse y entonces qué.

Al final se llevaron la onza y la recompensa, los ruidos no volvieron a ser escuchados, aunque si los hubieran querido buscar no lo hubieran podido hacer puesto que no dieron sus direcciones correctamente.

Y entonces qué. 

 

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