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| La leyenda de las cien doncellas |
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Había hace muchos años, un rey malvado, llamado Mauregato. Gracias a su ineficacia los astures cayeron en manos de los invasores árabes. Los árabes exigieron como tributo, que se les debían entregar anualmente cien doncellas virgenes, la mitad que fueran nobles y la otra mitad plebeyas, y así fueron pasando años y años con sus correspondientes reinados. Y así llegamos al reinado de Alfonso el Casto. Nuño Osorio, hombre fiel al Rey, le aconsejó que se negase a entregar el tributo anual, pero el Rey Casto decidió concederles las cien virgenes sin ninguna oposición. Como por cosa del destino, le fue encomendada la misión de hacer la entrega a Nuño Osorio. Las doncellas se fueron despidiendo de sus padres, con gran tristeza y muchos sollozos y se fueron reuniendo en el punto de partida. Sacha, una doncella que estaba presa de furia y de rabia, fue arrancandose los ropajes y al llegar donde estaban los moros, la doncella reclamó sus ropas a los escuderos que previsoramente las habian recogido. Entonces se le acercó Nuño y preguntó: Pues. ¿Como vestida vienes, tú que desnuda venías? A lo que Sacha le contestó: Las mujeres non tenemos verguenza de las mujeres; quien camina entre vosotros muy bien desnudarse puede, porque sois como nosotras, cobardes, fracas y endebres, fembras, mujeres y damas; y así, no por qué non deje de desnudarme ante vos, como a fembras acontece. Pero cuando vi a los moros que son homes, y homes fuertes, vestíme, que non es bien que las mis carnes me viesen. ¿Qué honestidad he perdido, cuando vengo entre mujeres? Al oir estas palabras, los caballeros encontraron el suficiente coraje como para hacerles frente a los moros y arrollarlos. Cuando el rey Casto se enteró, hizo llamar al embajador de los moros y así le dijo: Vete moro, di a tu rey que cien doncellas son cien chuzos y cien lanzas, que venga como quijere; que las fembras solas bastan a defenderse a sí miesmas;
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