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| San Antolín de Bedón |
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El conde de Muñazán, Munio Rodriguez Can, era hijo de una noble familia asturiana, muy bien considerada en toda la región. El conde tenía un carácter muy dificil, con grandes arrebatos de cólera y un poco dado a la violencia. Un día andaba por el Bedón cazando jabalíes, cuando de pronto se le vino la noche encima. Como nadie sabía donde estaba y no había nadie por allí, pensó en la manera de pasar la noche. Para colmo una tormenta iba aproximándose y no tardaría en empezar a llover. Empezó a soltar sapos y culebras de su boca y se puso a caminar. Al rato, divisó una luz que provenía de una cabaña medio escondida. Se asomó por la ventana y vió a una joven muy bella con los cabellos rubios muy largos. El conde sin pensarlo, dió una patada a la puerta y entró en la cabaña. La joven presa del pánico se defendió todo lo que pudo, tirándole todo lo que encontraba al paso, hasta que el conde la arrinconó en una esquina. La joven con todas sus fuerzas se abalanzó sobre él y empujándolo hacia un lado, se escapó por la puerta y desapareció. El conde comenzó a perseguirla, pero en vista del mal tiempo y la pereza propia del conde, optó por volver a la cabaña y echarse a dormir en la cama de la joven. A la mañana siguiente, el conde volvió a su castillo de tan mal humor como era costumbre. En los dias siguientes, volvió de nuevo de cacería y estando en ella, acordóse de la joven de la cabaña y decidió acercarse hasta ese lugar. Una vez allí, se asomó de nuevo por la ventana y volvió a ver a la joven,pero ésta vez no estaba sola, estaba con un joven que acababa de volver de las campañas del rey. Y preso de unos horribles celos, cogió su arco y disparó dos flechas, la primera para ella y la segunda para el joven, y allí quedaron tendidos los cuerpos de los jóvenes. A partir del suceso, el conde fue dándose cuenta de la maldad que llevaba en su interior y según pasaba el tiempo se iba encontrando peor de conciencia, decidió vender todas sus propiedades, quedándose una pequeña suma, con la que levantó un monasterio y una iglesia en el lugar donde mató a los dos jóvenes. Y allí acabó sus dias el conde Munio, y la iglesia que dedicó a San Antolín aún hoy permanecen algunos restos.
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